Terror en Estaciones de Servicio Durante la Madrugada
La Gasolinera del Kilómetro 47
Hay lugares que durante el día parecen completamente normales.
Una carretera.
Un restaurante vacío.
Una estación de servicio donde los viajeros se detienen unos minutos para cargar combustible, comprar un café y continuar su camino.
Pero cuando llega la madrugada...
Cuando las luces de la carretera desaparecen.
Cuando el sonido del motor se convierte en el único ruido alrededor...
Algunos lugares parecen cambiar.
Porque existen estaciones de servicio que permanecen abiertas durante toda la noche.
Lugares donde los empleados trabajan solos durante horas interminables.
Lugares donde camioneros aseguran haber visto personas que aparecen de la nada.
Sombras caminando entre los surtidores.
Clientes que entran a comprar algo...
Y nunca vuelven a salir.
Esta es la historia de una de esas estaciones.
Una gasolinera perdida en medio de una carretera donde, según los habitantes de la zona, nadie debería detenerse después de las tres de la mañana.
Una historia que durante años los empleados se negaron a contar.
Una historia que comienza en el kilómetro 47.
---
La Estación Abandonada
Mateo siempre había pensado que los relatos de fantasmas eran exageraciones.
Desde pequeño escuchaba historias sobre carreteras malditas, pueblos abandonados y casas embrujadas.
Pero para él todo tenía una explicación.
La gente veía cosas extrañas cuando estaba cansada.
La oscuridad confundía la mente.
El miedo hacía que cualquier ruido pareciera algo sobrenatural.
Por eso, cuando aceptó trabajar como encargado del turno nocturno en una estación de servicio ubicada en una carretera secundaria, no sintió ninguna preocupación.
El horario era pesado.
Entraba a las diez de la noche.
Salía a las seis de la mañana.
La estación estaba lejos de la ciudad.
A casi cuarenta kilómetros del pueblo más cercano.
Pero el sueldo era bueno.
Y necesitaba el dinero.
El primer día, el antiguo encargado le entregó las llaves.
Era un hombre llamado Raúl.
Había trabajado allí durante quince años.
Antes de marcharse, le explicó la rutina.
—Revisa los surtidores cada hora.
—Cierra la puerta del depósito cuando recibas mercancía.
—Y una cosa más...
Mateo levantó la mirada.
—¿Qué cosa?
Raúl dudó unos segundos.
Miró hacia la carretera vacía.
Después dijo:
—Si alguien llega caminando desde el bosque...
No le abras la puerta de la tienda.
Mateo sonrió.
—¿Por qué?
¿Hay animales?
Raúl negó lentamente.
—Ojalá fueran animales.
Después se fue.
Mateo quedó solo.
La estación tenía seis surtidores.
Una pequeña tienda.
Un baño público.
Y un estacionamiento enorme donde apenas entraban algunos camiones durante el día.
Pero por la noche...
Parecía otro lugar.
Las luces blancas iluminaban solamente unos metros alrededor.
Más allá solo existía oscuridad.
El bosque rodeaba completamente la carretera.
No había casas.
No había postes de luz.
Nada.
Solo árboles.
Y silencio.
---
La Primera Noche
Las primeras horas fueron tranquilas.
Mateo limpió la máquina de café.
Organizó los productos.
Revisó las cámaras.
Nada extraño.
A la medianoche llegó un camionero.
Compró agua y un paquete de comida.
Pagó.
Y antes de irse preguntó:
—¿Sigues siendo nuevo?
Mateo quedó sorprendido.
—Sí.
¿Cómo lo sabe?
El hombre miró alrededor.
—Porque los nuevos todavía aceptan este turno.
Mateo rió.
—¿Tan malo es?
El camionero no respondió.
Solo subió al vehículo.
Antes de arrancar dijo:
—Si escuchas que alguien toca la puerta después de las tres...
No abras.
Mateo observó cómo el camión desaparecía en la carretera.
Dos personas diciéndole lo mismo en una sola noche.
Eso empezó a parecerle extraño.
Pero intentó ignorarlo.
---
A las 2:40 de la madrugada comenzó a llover.
Una lluvia intensa.
De esas que hacen que la carretera desaparezca detrás del cristal.
Mateo estaba preparando café cuando las luces exteriores comenzaron a parpadear.
Miró hacia los surtidores.
Vacíos.
Revisó el tablero eléctrico.
Todo parecía normal.
Entonces escuchó algo.
Un golpe.
En la puerta principal.
TOC.
TOC.
TOC.
Mateo levantó la cabeza.
Miró la entrada.
No había nadie.
Pensó que podía ser una rama golpeando por el viento.
Volvió al café.
Pero volvió a escucharlo.
TOC.
TOC.
TOC.
Esta vez más fuerte.
Se acercó lentamente al cristal.
Afuera había una figura.
Un hombre parado bajo la lluvia.
Completamente inmóvil.
No tenía paraguas.
No llevaba chaqueta.
Solo permanecía mirando hacia la tienda.
Mateo recordó la advertencia.
"Si alguien llega caminando desde el bosque..."
"No le abras."
El hombre levantó lentamente la mano.
Y señaló hacia el interior.
Como si quisiera que Mateo mirara algo detrás de él.
Mateo se giró rápidamente.
No había nadie.
Cuando volvió a mirar hacia la puerta...
El hombre había desaparecido.
No caminó.
No corrió.
Simplemente ya no estaba.
---
Mateo tomó el teléfono y revisó las cámaras.
La cámara de la entrada mostraba algo imposible.
El hombre aparecía acercándose desde el bosque.
Caminaba lentamente bajo la lluvia.
Llegaba hasta la puerta.
Y se quedaba allí.
Pero había un problema.
La grabación mostraba claramente que el hombre atravesaba una zona iluminada por los focos.
Y su sombra...
No aparecía.
Mateo sintió un escalofrío.
Retrocedió del monitor.
Entonces la campana de la puerta sonó.
Pero nadie había entrado.
La tienda quedó completamente silenciosa.
Hasta que una voz susurró:
—Necesito ayuda...
Venía del pasillo de bebidas.
Mateo tomó un palo metálico que estaba detrás del mostrador.
Caminó lentamente.
Cada paso resonaba en la tienda vacía.
Llegó al final del pasillo.
No había nadie.
Pero sobre el suelo encontró algo.
Un teléfono antiguo.
Estaba mojado.
Como si alguien lo hubiera dejado bajo la lluvia.
La pantalla estaba encendida.
Tenía una llamada activa.
Número desconocido.
Mateo observó el aparato.
Después de unos segundos...
Decidió contestar.
—¿Hola?
Durante varios segundos solo escuchó interferencia.
Luego una voz.
Una voz masculina.
Muy débil.
—No debiste abrir la puerta...
Mateo miró hacia la entrada.
Seguía cerrada.
—¿Quién eres?
La respuesta llegó acompañada de un sonido extraño.
Como si la persona estuviera llorando.
—Soy el hombre que entró aquí hace diez años.
Mateo sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué?
La voz continuó:
—La estación todavía no me deja ir.
Entonces la llamada terminó.
En ese instante todas las luces se apagaron.
La estación quedó completamente oscura.
Solo permanecía encendida la pantalla del teléfono.
Y sobre ella apareció un mensaje:
"ÉL YA ESTÁ DENTRO."
Mateo sintió una respiración detrás de él.
Una respiración lenta.
Pesada.
Muy cerca.
No quería girarse.
Pero algo dentro de él sabía que ya era demasiado tarde.
Porque algunas personas llegan a una estación de servicio buscando combustible...
Pero otras...
Llegan buscando a alguien que las acompañe en la oscuridad.
El Cliente que Siempre Compraba Café a las 3:33 A.M.
La respiración seguía detrás de Mateo.
Lenta.
Profunda.
Como si alguien estuviera parado a centímetros de su espalda.
Durante varios segundos no pudo moverse.
El teléfono antiguo continuaba iluminando débilmente el pasillo.
La pantalla mostraba aquel mensaje imposible:
"ÉL YA ESTÁ DENTRO."
Mateo cerró los ojos.
Intentó convencerse de que todo era producto del cansancio.
Quizá alguien había entrado.
Quizá era una broma.
Quizá la tormenta estaba afectando el sistema eléctrico.
Cualquier explicación parecía mejor que aceptar lo que estaba ocurriendo.
Finalmente reunió valor y giró lentamente.
No había nadie.
El pasillo estaba vacío.
Los productos seguían acomodados en los estantes.
La puerta principal continuaba cerrada con llave.
Pero algo había cambiado.
Sobre el suelo, justo detrás de él...
Había huellas mojadas.
Huellas de zapatos.
Como si una persona hubiera estado parada allí durante varios minutos observándolo.
Mateo retrocedió.
No quiso seguir investigando.
Regresó rápidamente al mostrador.
Tomó las llaves de la estación.
Pensó en salir.
Pensó en abandonar todo.
Pero entonces recordó algo.
El contrato.
No podía simplemente irse.
Además, faltaban varias horas para terminar el turno.
Respiró profundamente.
Se dijo a sí mismo:
—Solo tengo que aguantar hasta las seis.
Después me voy.
Pero aquella noche apenas estaba comenzando.
---
La Hora Maldita
A las 3:10 de la madrugada, la lluvia comenzó a disminuir.
El silencio volvió a cubrir la carretera.
Mateo permanecía detrás del mostrador observando las cámaras.
Nada extraño.
Los surtidores estaban vacíos.
El estacionamiento completamente solo.
El bosque parecía inmóvil.
Entonces miró el reloj.
3:33.
En ese mismo instante...
La puerta de la estación se abrió.
La campana sonó.
Un hombre entró caminando lentamente.
Mateo sintió un escalofrío.
Era imposible.
Porque era exactamente el mismo hombre que había visto afuera bajo la lluvia.
El mismo rostro.
La misma ropa.
Pero ahora estaba completamente seco.
El hombre caminó hasta la máquina de café.
No miró a Mateo.
No saludó.
Solo dijo:
—Un café negro.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Mateo no respondió inmediatamente.
El hombre levantó la mirada.
—¿Me escuchaste?
Mateo tragó saliva.
—Sí.
Un café.
Comenzó a preparar la bebida.
Mientras lo hacía, observaba al hombre por el reflejo del vidrio.
Algo no estaba bien.
No respiraba.
O al menos no podía verlo respirar.
La máquina terminó.
Mateo dejó el vaso sobre el mostrador.
—Son cuarenta pesos.
El hombre sacó una moneda antigua.
La colocó sobre la mesa.
Era una moneda oxidada.
Con una fecha grabada:
1987.
Mateo la miró.
—Esta moneda ya no existe.
El hombre sonrió ligeramente.
—Yo tampoco.
El aire dentro de la estación cambió.
La temperatura bajó de golpe.
Mateo quedó inmóvil.
El hombre tomó el café.
Pero no bebió.
Solo sostuvo el vaso entre sus manos.
Después preguntó:
—¿Todavía está trabajando Raúl?
Mateo sintió un nudo en la garganta.
—¿Conoce a Raúl?
El hombre miró hacia la ventana.
—Él fue el último que intentó ayudarme.
---
El Secreto de la Estación
Mateo no pudo contenerse.
—¿Qué ocurrió aquí?
El hombre permaneció en silencio.
Después señaló hacia la carretera.
—Hace diez años tuve un accidente.
Mi automóvil quedó detenido cerca del kilómetro 47.
Caminé hasta esta estación buscando ayuda.
Era de madrugada.
3:33.
La misma hora en la que llegaste tú.
Mateo sintió un escalofrío.
El hombre continuó:
—Raúl estaba trabajando.
Me dejó entrar.
Me dio café.
Llamó a emergencias.
Pero antes de que llegara la ayuda...
La estación quedó sin electricidad.
Cuando volvió la luz...
Yo ya no estaba.
Mateo frunció el ceño.
—¿Y qué pasó?
El hombre bajó la mirada.
—Nunca salí de aquí.
El silencio fue absoluto.
Solo se escuchaba el sonido del refrigerador.
—Mi cuerpo fue encontrado días después en el bosque.
Pero una parte de mí...
Nunca abandonó este lugar.
Mateo dio un paso atrás.
—Entonces...
¿Usted está muerto?
El hombre sonrió con tristeza.
—Por eso nadie debe abrirle la puerta a los que vienen caminando desde el bosque.
Porque algunos todavía creen que pueden regresar.
---
En ese momento todas las cámaras comenzaron a fallar.
La pantalla se llenó de interferencias.
Una tras otra.
Excepto una.
La cámara exterior.
Mateo miró el monitor.
Y sintió que la sangre se le congelaba.
Afuera había más personas.
Decenas.
Paradas alrededor de los surtidores.
Todas mojadas por la lluvia.
Todas mirando hacia la estación.
Ninguna tenía sombra.
El hombre del café observó la pantalla.
—Ya llegaron.
Mateo susurró:
—¿Quiénes son?
El hombre respondió:
—Los que todavía esperan que alguien los deje entrar.
---
La Puerta
De repente...
TOC.
TOC.
TOC.
Alguien golpeó la puerta.
Mateo miró hacia la entrada.
Una mujer estaba afuera.
Después apareció un niño.
Luego un anciano.
Todos permanecían bajo la lluvia.
Todos mirando fijamente.
El hombre del café se levantó.
—No abras.
Mateo recordó las palabras de Raúl.
No abrir.
Nunca abrir.
Pero entonces escuchó una voz.
Una voz conocida.
Era su propia madre.
—Mateo...
Ayúdame.
Sintió que el corazón se le detenía.
Su madre había muerto cinco años atrás.
La voz volvió.
—Hijo...
Tengo frío.
El hombre del café lo miró.
—No es ella.
Mateo comenzó a llorar.
Porque aquella voz sonaba exactamente igual.
La misma forma de hablar.
La misma manera de llamarlo.
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
La cerradura empezó a moverse sola.
Mateo intentó detenerla.
Pero una fuerza invisible empujaba desde afuera.
El hombre del café se acercó.
Colocó su mano sobre la puerta.
Y por primera vez mostró miedo.
—No puedo detenerlos mucho tiempo.
Mateo gritó:
—¿Qué hago?
El hombre respondió:
—Apaga todas las luces.
Mateo dudó.
—¿Por qué?
—Porque ellos solo pueden entrar cuando alguien los ve.
---
Mateo corrió hacia el interruptor principal.
Apagó todo.
La estación quedó completamente oscura.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Después comenzaron los sonidos.
Pasos.
Susurros.
Golpes.
Muchas personas caminando dentro del local.
Pero Mateo no veía nada.
No abrió los ojos.
No respiró fuerte.
No se movió.
Hasta que escuchó una voz detrás de él.
—Mateo...
Era la voz de su madre.
Muy cerca.
—Mírame.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Pero recordó la advertencia.
No mirar.
No ver.
No aceptar.
Permaneció inmóvil.
Después de varios minutos...
Todo quedó en silencio.
Las luces volvieron.
La estación estaba vacía.
No había personas.
No había huellas.
No había nadie.
Excepto el hombre del café.
Pero ahora parecía más transparente.
Como si estuviera desapareciendo.
Mateo lo miró.
—¿Se terminó?
El hombre sonrió.
—Por esta noche.
Antes de desaparecer dejó una última frase:
—Cuando llegue otro empleado...
Dile que no abra la puerta.
Porque la próxima vez...
Quizá yo no pueda detenerlos.
Y entonces la estación tendrá un nuevo grupo de clientes.
---
A las seis de la mañana llegó Raúl para revisar el cambio de turno.
Encontró a Mateo sentado detrás del mostrador.
Pálido.
Sin dormir.
El antiguo encargado no preguntó qué había ocurrido.
Solo miró la moneda antigua sobre la mesa.
Y suspiró.
—Ya lo viste.
Mateo levantó la mirada.
—¿Cuántas veces pasó esto?
Raúl guardó silencio.
Después respondió:
—Cada diez años.
Mateo sintió un escalofrío.
—¿Y por qué nadie cierra la estación?
Raúl miró hacia la carretera.
—Porque mientras siga abierta...
Ellos permanecen allí.
Pero si la cerramos...
Buscarán otra puerta.
---
Mateo renunció ese mismo día.
Nunca volvió al kilómetro 47.
Sin embargo, años después, un nuevo empleado comenzó a trabajar en la estación.
La primera noche todo parecía normal.
Hasta que llegó la madrugada.
A las 3:33.
La puerta sonó.
Un hombre entró.
Pidió un café negro.
Y pagó con una moneda antigua.
Mientras el nuevo empleado preparaba la bebida...
Una figura apareció reflejada en el vidrio.
Un hombre observando desde afuera.
Esperando entrar.
Esperando que alguien olvidara la única regla de la estación:
Nunca abras la puerta después de las 3:33 de la madrugada.
Porque algunas estaciones de servicio venden combustible.
Pero otras...
Mantienen encendidos los últimos recuerdos de quienes nunca lograron marcharse.
Historia Final: La Gasolinera donde el Tanque Siempre se Llena Solo
Hay estaciones de servicio que aparecen en los mapas.
Tienen nombre.
Tienen dirección.
Tienen empleados.
Tienen horarios.
Pero existen otras...
Que nadie puede encontrar durante el día.
Lugares que aparecen únicamente cuando la noche cubre la carretera.
Algunos conductores aseguran haberlas visto.
Una gasolinera iluminada en medio de un camino vacío.
Un lugar que parece una salvación cuando el combustible comienza a agotarse.
Un lugar donde las luces siempre están encendidas.
Donde una persona siempre está esperando.
Y donde el tanque del vehículo...
Siempre termina lleno.
Aunque nadie haya cargado gasolina.
Esta es la historia de una estación que no pertenece a ningún lugar.
Una estación que aparece y desaparece.
Una estación donde algunos viajeros entraron...
Pero nunca encontraron la salida.
---
La Carretera que No Aparece en los Mapas
Lucas era camionero desde hacía más de veinte años.
Conocía cientos de carreteras.
Sabía dónde detenerse.
Dónde descansar.
Y qué caminos evitar durante la noche.
Siempre decía que un conductor experimentado no debía confiarse.
Porque una carretera puede parecer igual durante el día...
Pero convertirse en algo completamente diferente después de medianoche.
Una noche de invierno recibió un viaje urgente.
Debía transportar mercancía a una ciudad ubicada a cientos de kilómetros.
El clima era terrible.
La niebla cubría gran parte del camino.
La lluvia golpeaba constantemente el parabrisas.
A las 2:15 de la madrugada revisó el indicador de combustible.
El tanque estaba casi vacío.
Lucas frunció el ceño.
Había calculado mal la distancia.
Pensó en detenerse en la siguiente estación.
Pero llevaba más de cuarenta minutos conduciendo.
Y no aparecía ninguna.
Solo carretera.
Oscuridad.
Y árboles a ambos lados.
El GPS comenzó a fallar.
La pantalla parpadeó.
Después mostró un mensaje extraño:
"Ruta desconocida."
Lucas golpeó suavemente el dispositivo.
—No puede ser...
El camino estaba marcado minutos antes.
Ahora parecía que estaba conduciendo por una zona que no existía.
Entonces ocurrió algo extraño.
A lo lejos apareció una luz.
Una luz blanca.
Intensa.
Como si alguien hubiera encendido una enorme señal en medio de la nada.
Lucas sintió alivio.
Una estación de servicio.
Aceleró.
Pero mientras se acercaba comenzó a notar algo extraño.
No había ningún cartel.
Ningún anuncio.
Ningún nombre.
Solo una construcción antigua con cuatro surtidores.
Y un pequeño edificio con las luces encendidas.
Estacionó el camión.
Bajó.
El silencio era absoluto.
Ni siquiera se escuchaban animales.
Entró a la tienda.
La campana de la puerta sonó.
Detrás del mostrador había un hombre mayor.
Vestía un uniforme antiguo.
Demasiado antiguo.
Como si perteneciera a otra época.
—Buenas noches.
Lucas saludó.
—Necesito llenar el tanque.
El hombre sonrió.
—Por supuesto.
Lucas miró alrededor.
La tienda parecía detenida en el tiempo.
Había productos viejos.
Un reloj en la pared detenido a las 2:17.
Una radio antigua encendida sin transmitir nada.
—¿Hace mucho que trabaja aquí?
El hombre levantó la vista.
—Más de lo que imagina.
Lucas no entendió la respuesta.
Salió para cargar combustible.
Pero algo extraño ocurrió.
El surtidor comenzó a funcionar solo.
No había introducido ninguna tarjeta.
No había pagado.
La gasolina comenzó a entrar al tanque.
Lucas miró hacia la tienda.
El empleado observaba desde la ventana.
Sonriendo.
Cuando terminó, el indicador marcaba lleno.
Completamente lleno.
Lucas volvió al interior.
—¿Cuánto le debo?
El hombre negó con la cabeza.
—Nada.
Lucas quedó confundido.
—¿Nada?
—Ya pagó.
—¿Cuándo?
El hombre señaló hacia la carretera.
—Cuando decidió detenerse.
---
Los Otros Conductores
Lucas no quiso quedarse más tiempo.
Agradeció y salió.
Cuando llegó al camión vio algo que no estaba antes.
Había otros vehículos estacionados.
Un automóvil antiguo.
Una motocicleta.
Una camioneta vieja.
Todos apagados.
Todos vacíos.
Entró nuevamente a la tienda.
—¿Son de otros clientes?
El empleado miró hacia afuera.
—Sí.
—¿Dónde están?
El hombre tardó en responder.
—Todavía buscando la salida.
Lucas sintió un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
El hombre se acercó lentamente.
—Esta estación aparece para quienes están perdidos.
Pero no todos vienen por combustible.
Algunos vienen porque tienen asuntos pendientes.
Lucas comenzó a inquietarse.
—¿Qué clase de asuntos?
El empleado miró hacia una puerta al fondo de la tienda.
—Cosas que nunca pudieron terminar.
---
En ese momento escucharon un golpe.
Alguien tocaba la puerta.
TOC.
TOC.
TOC.
El empleado abrió.
Un hombre entró.
Estaba completamente mojado.
Miró alrededor.
Después preguntó:
—¿Sigue abierto?
El empleado respondió:
—Siempre.
Lucas observó al recién llegado.
Algo en él era extraño.
No parecía respirar.
Caminaba lentamente.
Como si cada movimiento le costara mucho esfuerzo.
El hombre se acercó al mostrador.
—Necesito llegar a casa.
El empleado suspiró.
—Todos dicen lo mismo.
---
Lucas decidió irse.
Salió corriendo hacia el camión.
Encendió el motor.
Funcionó perfectamente.
Puso primera.
Avanzó unos metros.
Pero ocurrió algo imposible.
La estación seguía exactamente igual.
Como si no hubiera avanzado nada.
Miró por el espejo.
La gasolinera continuaba detrás de él.
Volvió a acelerar.
Nada.
Era como conducir sin moverse.
Finalmente frenó.
Bajó del vehículo.
La carretera que antes estaba detrás de él...
Ya no existía.
Solo había niebla.
Y la estación.
El lugar parecía haberlo encerrado.
---
El Verdadero Precio
Lucas regresó a la tienda.
El empleado estaba sentado detrás del mostrador.
Como si hubiera sabido que volvería.
—¿Qué está pasando?
El hombre respondió tranquilamente:
—La estación no deja irse a quienes todavía no aceptan lo ocurrido.
Lucas sintió miedo.
—¿Lo ocurrido?
El empleado señaló una vieja fotografía en la pared.
Lucas se acercó.
Era una foto de la estación.
Pero en ella aparecían varios vehículos.
Reconoció uno.
Su propio camión.
Sintió que el aire desaparecía.
—No...
El empleado continuó:
—La primera vez que llegaste aquí...
No fue esta noche.
Lucas retrocedió.
—Eso es imposible.
El hombre negó lentamente.
—Muriste hace tres años.
En una carretera durante una tormenta.
Tu camión salió del camino.
Nunca llegaste a entregar la mercancía.
Lucas sintió un golpe en el pecho.
Los recuerdos comenzaron a regresar.
La lluvia.
El accidente.
El parabrisas rompiéndose.
El silencio.
Había olvidado todo.
Porque no quería aceptarlo.
---
El empleado continuó:
—Esta estación existe para aquellos que quedan atrapados entre un lugar y otro.
Personas que todavía creen que deben continuar.
Personas que todavía buscan llegar a casa.
Lucas miró alrededor.
Comprendió entonces quiénes eran los otros conductores.
No eran viajeros.
Eran almas perdidas.
Todos esperando una carretera que ya no existía.
—¿Y usted?
Preguntó Lucas.
El hombre sonrió.
—Yo fui el primero que se quedó aquí.
Hace muchos años.
Desde entonces mantengo la estación abierta.
---
Afuera comenzaron a aparecer más luces.
Más vehículos.
Más personas.
Todos llegando.
Todos perdidos.
El empleado tomó unas llaves antiguas.
—Es hora.
Lucas miró la puerta.
—¿Hora de qué?
El hombre respondió:
—De atender a los nuevos clientes.
---
Al amanecer, un conductor que viajaba por aquella zona encontró algo extraño.
Una estación de servicio abandonada.
Vieja.
Cubierta por maleza.
No aparecía en ningún mapa.
Se acercó.
No había electricidad.
No había empleados.
Solo encontró una pequeña oficina.
Dentro había una libreta antigua.
En la última página aparecían nombres escritos.
Cientos de nombres.
El último era reciente.
Tenía la fecha de aquella misma noche.
El nombre:
Lucas.
---
Desde entonces, muchos camioneros cuentan una advertencia:
Si conduces de madrugada y encuentras una gasolinera sin nombre...
Si todos los surtidores están encendidos...
Si una persona detrás del mostrador te dice que el combustible es gratis...
No preguntes por qué.
No mires las fotografías.
Y nunca aceptes quedarte a tomar café.
Porque algunas estaciones ayudan a los viajeros.
Pero otras...
Son la última parada antes de un camino del que nadie regresa.



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