El reloj marcaba las 11:47 de la noche cuando Saad subió al autobús interurbano rumbo a su pequeño pueblo. La terminal estaba casi vacía; solo el sonido del viento colándose por los ventanales rotos acompañaba sus pasos. El vehículo, viejo y oxidado, parecía salido de otra época. En el frente, un cartel medio apagado parpadeaba con letras rojas: “Destino: San Elías”.
Saad dudó un momento antes de subir. No recordaba haber visto esa línea antes, pero el conductor —un hombre delgado, con gorra y rostro oculto por las sombras— le indicó con un gesto seco que subiera.
—¿Llega hasta San Elías? —preguntó Saad.
El conductor asintió lentamente sin decir palabra.
Dentro, el ambiente era aún más inquietante. Las luces titilaban y el aire tenía un olor rancio, como de humedad y algo más… algo metálico. A pesar de lo tarde que era, había varios pasajeros. Todos estaban sentados en silencio, inmóviles, mirando hacia adelante. Saad se sentó al fondo, junto a la ventana, intentando no pensar demasiado en lo extraño del viaje.
El autobús arrancó con un chirrido agudo que hizo eco en la noche. El traqueteo del motor era constante, hipnótico, y por un momento Saad pensó que tal vez podría dormir un poco. Pero algo lo mantenía alerta.
La sensación de que alguien lo observaba.
Giró lentamente la cabeza. La mujer sentada a su lado llevaba un vestido antiguo, de encaje gris, y tenía las manos perfectamente quietas sobre el regazo. No parpadeaba. Ni siquiera respiraba.
Saad tragó saliva. Quizás estaba dormida, pensó. Pero entonces lo notó: el frío que emanaba de su cuerpo, tan intenso que podía verlo condensarse en el aire.
El autobús se internó en una carretera oscura sin una sola luz a los costados. Afuera, solo sombras y árboles desnudos que parecían acercarse demasiado. Saad intentó distraerse mirando su reflejo en la ventana, pero en el cristal no vio su propio rostro.
Vio el de otra persona.
Un niño pálido, con los ojos hundidos, mirándolo fijamente desde el asiento frente a él.
—¿Qué…? —susurró Saad, pero el niño desapareció al instante, como si nunca hubiera estado allí.
El corazón le latía con fuerza. Todo el autobús parecía envolverse en un silencio más espeso, irreal. Miró al frente: los pasajeros seguían inmóviles, como maniquíes. Y entonces lo entendió. Ninguno de ellos se movía. Ninguno respiraba.
Pero el autobús seguía avanzando.
El conductor no se giraba, no hablaba, solo mantenía las manos en el volante, con una rigidez antinatural. Saad se inclinó hacia el pasillo para verlo mejor… y fue entonces cuando notó que el cuello del conductor tenía una profunda marca violácea, como si lo hubieran estrangulado hacía mucho tiempo.
Un susurro helado recorrió el vehículo.
—No mires atrás…
Saad se giró instintivamente, y lo que vio hizo que la sangre se le helara.
Las luces del autobús parpadearon violentamente. Durante un segundo, todo se volvió oscuro… y cuando volvieron a encenderse, los pasajeros ya no estaban sentados.
Saad sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Los asientos estaban vacíos, pero el aire estaba cargado, pesado… como si las almas que habían estado allí siguieran presentes, flotando.
El reflejo en la ventana volvió a cambiar. Esta vez vio docenas de rostros presionados contra el cristal, deformes, con ojos vacíos, mirándolo desde afuera. Pero el autobús seguía en movimiento. No podían estar afuera.
—Esto no es real… no puede ser real… —susurró.
Se levantó tambaleante y caminó por el pasillo. Cada paso resonaba como un golpe hueco. Las luces chispeaban y el suelo parecía pegarse a sus zapatos, como si el autobús respirara.
Cuando llegó al medio del vehículo, una risa infantil resonó a su alrededor.
—¿A dónde vas, Saad? —dijo una voz aguda, como si el aire hablara.
Él giró sobre sí mismo, buscando el origen del sonido, pero lo único que encontró fue una muñeca sentada sobre un asiento, con la cabeza ladeada y los ojos rotos.
El autobús dio un salto brusco, como si hubiera pasado por encima de algo. Saad casi cae.
—¡Oiga! —gritó hacia el conductor— ¡Detenga el autobús!
Pero el conductor no se movió. Su cabeza, lenta, comenzó a girar… más de lo que un cuello humano debería poder hacerlo. Hasta quedar completamente al revés.
Y entonces sonrió.
Saad retrocedió horrorizado. El rostro del conductor era ceniciento, con los labios morados y un hilo de sangre seca bajando por el cuello.
—Demasiado tarde para bajar —murmuró con voz hueca—. El boleto solo tiene viaje de ida.
Saad sintió un impulso desesperado y corrió hacia la puerta trasera. La golpeó con fuerza, pero no cedía. Se giró hacia la ventana: la oscuridad afuera parecía viva, ondulante, como si algo se moviera dentro de ella. Algo que los seguía.
Entonces lo escuchó.
Golpes.
Uno tras otro, contra el techo del autobús. Como pasos… caminando encima del vehículo.
El ruido se acercaba hacia la parte trasera, justo donde él estaba. Saad miró hacia arriba, paralizado.
Los golpes cesaron.
El silencio fue aún peor.
De pronto, un brazo atravesó el techo, delgado y gris, goteando un líquido oscuro que cayó sobre el rostro de Saad.
Él gritó y cayó de espaldas, mientras el brazo se movía a ciegas, buscando algo… o a alguien.
Y fue entonces cuando escuchó un susurro múltiple, miles de voces diciendo al unísono:
—No debiste subir a este autobús…
Saad se arrastró hacia el pasillo, temblando, mientras el vehículo seguía avanzando por la carretera sin fin.
Pero algo cambió.
El paisaje que veía por las ventanas ya no era el mismo.
A través de las ventanas, ya no se veía la carretera ni los árboles.
Solo niebla espesa, iluminada por un resplandor verdoso que parecía venir de ningún lugar.
El autobús avanzaba lentamente entre esa bruma densa que se retorcía, como si tuviera vida.
Saad se incorporó con dificultad, respirando con agitación.
—Esto… esto no puede estar pasando —balbuceó—. Estoy soñando. Tiene que ser un sueño.
Pero el dolor en su pierna, el frío en el aire y el olor a hierro viejo le recordaron que estaba despierto. Demasiado despierto.
Avanzó con cautela por el pasillo, mirando los asientos vacíos. O al menos, creyó que estaban vacíos.
Hasta que uno de ellos se movió.
Un hombre apareció sentado, de repente, como si hubiera estado allí todo el tiempo. Llevaba un traje oscuro, los ojos hundidos y una sonrisa torcida.
Saad dio un paso atrás.
—¿Quién es usted? —preguntó, con la voz temblorosa.
El hombre inclinó la cabeza.
—Alguien que también tomó este autobús… hace mucho tiempo.
Saad miró a su alrededor. Los asientos empezaban a llenarse de nuevo. Sombras, siluetas difusas que poco a poco iban tomando forma humana. Rostros deformados, piel cenicienta, ojos vacíos. Todos lo miraban.
El hombre del traje siguió hablando, con voz calma, casi amable.
—Todos pensábamos que era solo un viaje nocturno. Pero este autobús no lleva a ningún pueblo. Lleva… al final.
Saad negó con la cabeza.
—No, no… yo solo quería volver a casa.
El hombre sonrió más ampliamente.
—Todos queríamos lo mismo. Pero aquí no hay regreso.
El autobús se estremeció, y una carcajada profunda resonó desde los altavoces del techo. Era la voz del conductor, distorsionada, como si viniera desde muy lejos.
—Bienvenido a bordo, Saad. Ahora eres parte del recorrido.
Las luces se apagaron.
Por unos segundos, solo hubo oscuridad y el sonido del motor rugiendo.
Cuando las luces volvieron, Saad se encontró en un asiento diferente. En el mismo lugar donde antes estaba la mujer del vestido gris.
Su cuerpo estaba rígido, sus manos inmóviles sobre el regazo… como los demás pasajeros.
Intentó moverse, pero no pudo. Su cuerpo no respondía.
El pánico lo invadió. Quiso gritar, pero su voz no salió.
Frente a él, en el parabrisas del autobús, apareció un reflejo que lo dejó helado: él mismo, pálido, inmóvil… con los ojos muertos.
El vehículo seguía avanzando, devorando la niebla.
Saad sintió cómo algo invisible le oprimía el pecho. Una voz susurró junto a su oído:
—Relájate… pronto te acostumbrarás al viaje eterno.
El autobús se adentró aún más en la niebla, y por primera vez Saad notó un detalle aterrador:
el reloj sobre la puerta marcaba la misma hora desde que subió. 11:47 p.m.
El tiempo no avanzaba.
El viaje nunca terminaba.
El sonido del motor se volvió irregular, como un latido enfermo.
El autobús parecía avanzar por un camino invisible, pero Saad ya no veía ni carretera ni horizonte. Solo esa niebla espesa que lo envolvía todo.
Intentó moverse otra vez, con toda su fuerza, hasta que un crujido le recorrió el cuerpo, como si sus huesos protestaran. Logró girar la cabeza apenas unos centímetros.
Y lo que vio… lo hizo desear no haberlo hecho.
Los demás pasajeros ya no estaban simplemente sentados.
Sus cuerpos se movían, lentamente, como si despertaran de un sueño colectivo. Uno a uno, comenzaron a girar sus rostros hacia él.
No tenían ojos, solo cuencas oscuras que goteaban una sustancia negra.
El hombre del traje —el primero en aparecer— se levantó con un movimiento antinatural, como si las articulaciones no existieran.
—Ya casi llegamos, Saad —dijo con una voz que resonaba dentro de su cabeza más que en sus oídos—. ¿Puedes oírlo?
Saad contuvo la respiración.
Desde fuera del autobús se oía algo.
Un murmullo lejano, profundo, como un canto sin palabras.
—¿Qué es eso? —logró preguntar con un hilo de voz.
—El lugar al que vamos —respondió el hombre, acercándose—. Donde el viaje nunca termina y los que suben jamás regresan.
Saad intentó apartarse, pero el asiento lo mantenía atrapado. El hombre extendió su mano huesuda y la apoyó sobre su hombro. Era tan fría que lo atravesó como si fuera aire.
Entonces las luces se apagaron por completo.
Solo quedaron los murmullos, el sonido del motor y una sensación de caída.
El autobús ya no rodaba, parecía flotar.
Durante un instante, todo quedó suspendido.
Y luego, un golpe seco.
El vehículo se detuvo.
El silencio fue absoluto.
El aire se volvió pesado, casi irrespirable. La niebla del exterior se disipó lentamente, revelando un paisaje imposible: un campo infinito cubierto de cruces oxidadas, autobuses destrozados y figuras inmóviles de pasajeros esparcidos como estatuas.
El conductor abrió la puerta con un chirrido.
Giró su rostro hacia Saad, todavía con esa sonrisa invertida.
—Llegamos. Fin de la línea.
Los demás pasajeros comenzaron a bajar uno a uno, en silencio. Caminaban hacia el campo de cruces, desapareciendo entre la bruma.
Saad sintió que algo lo empujaba a seguirlos.
Intentó resistirse, pero sus piernas se movieron solas.
Bajó los escalones temblando, y al tocar el suelo… el aire le quemó la piel.
Miró hacia atrás. El autobús parecía derretirse, volviéndose una sombra líquida. En su interior, los asientos se desvanecían, y en el parabrisas apareció, una vez más, la hora detenida: 11:47 p.m.
Saad levantó la vista y vio cientos, tal vez miles, de personas caminando en silencio hacia el horizonte. Ninguna hablaba. Ninguna respiraba.
Y entre ellos… una figura con gorra, igual al conductor, lo observaba fijamente desde lejos.
El viento soplaba con un gemido grave, arrastrando polvo y trozos de metal oxidado.
Saad dio un paso al frente, pero el suelo bajo sus pies no era tierra: era ceniza.
Ceniza y fragmentos de cristal, como si miles de parabrisas rotos hubieran caído del cielo.
Las figuras que caminaban delante de él se perdían en la distancia.
Cada paso que daban resonaba como un eco hueco, y cada una arrastraba un leve brillo azulado, como si una energía espectral los guiara.
—¿Dónde… dónde estoy? —murmuró Saad.
Una voz familiar respondió, cerca de su oído.
—En el final del camino, Saad. Donde vienen todos los que suben sin saber a qué viajan.
Era el conductor.
Su rostro estaba más cerca ahora, y por primera vez, Saad pudo verlo con claridad.
No tenía ojos. Solo dos cuencas vacías que ardían con un brillo rojizo.
El conductor sonrió.
—Tú no debías estar aquí todavía. Pero el destino a veces comete errores.
—¡Quiero volver! —gritó Saad, retrocediendo.
El conductor inclinó la cabeza.
—¿Volver? Nadie vuelve. Este es el camino de los olvidados. Los que subieron sin saber que ya habían muerto.
Saad se congeló.
Las palabras retumbaron en su mente, imposibles de aceptar.
—No… no… yo estoy vivo. ¡Estoy vivo!
—¿De verdad? —respondió el hombre, alzando una mano hacia su pecho—. Entonces… ¿por qué tu corazón no late?
Saad bajó la mirada.
Su respiración se había detenido hacía rato, y sin embargo, seguía de pie.
Trató de sentir su pulso, pero no había nada.
Solo un silencio absoluto dentro de él.
El pánico lo envolvió.
Corrió, sin rumbo, tropezando con las cruces oxidadas que se alzaban a su alrededor.
Cada una tenía nombres borrados, fechas sin sentido, letras desgastadas.
Y bajo cada cruz… un pedazo de metal, un número de autobús.
Los murmullos regresaron. Miles de voces susurrando su nombre.
“Saad… Saad… bienvenido…”
Cayó de rodillas, con las manos hundidas en la ceniza.
Frente a él, una cruz recién clavada, aún humeante.
Y sobre ella, grabado con letras toscas:
S A A D M A H F O U Z – 11:47 p.m.
El corazón se le detuvo del todo.
No había duda.
Él era uno más.
El sonido de un motor lo hizo alzar la vista.
A lo lejos, otro autobús se acercaba entre la niebla, su cartel luminoso parpadeando débilmente:
“Destino: San Elías.”
El conductor miró el reloj en su muñeca inexistente.
Sonrió.
—Es hora del siguiente pasajero.
Saad intentó gritar, pero su voz ya no le pertenecía.
El rugido del nuevo autobús rompió el silencio eterno del campo.
Las luces delanteras cortaron la niebla, iluminando por un instante las miles de cruces que se extendían hasta el horizonte. Cada una proyectaba una sombra larga, torcida, que parecía retorcerse cuando nadie la miraba.
Saad se puso de pie, o al menos, eso intentó. Ya no sentía el peso de su cuerpo.
Era como si flotara, como si su forma física se hubiera disuelto en ese aire denso y helado.
Observó al conductor subir al nuevo vehículo, acomodar su gorra, y girar lentamente el rostro hacia él.
—Tu turno llegará, Saad —dijo, con una voz que no necesitaba aire—. Todos servimos al viaje.
Saad trató de avanzar, de escapar, pero cada paso lo hacía más débil. El suelo lo tragaba poco a poco, y la niebla lo envolvía como una sábana.
Mientras su cuerpo se desvanecía, notó que el autobús recién llegado abría sus puertas…
Una mujer subía apresurada, con un bolso en la mano y los ojos cansados.
El conductor asintió y la invitó a pasar.
El cartel sobre la puerta parpadeó una última vez antes de apagarse.
Saad quiso advertirle, gritarle que no subiera, pero su voz se perdió entre las sombras.
Su último pensamiento fue un eco en la oscuridad: “yo también creí que solo era un viaje de noche.”
El motor rugió, y el autobús se alejó lentamente, desapareciendo entre la neblina, igual que todos los anteriores.
La cruz de Saad se hundió en el suelo y, en su lugar, apareció una nueva, con un nombre distinto grabado con fuego:
“Luz Herrera – 11:47 p.m.”
El tiempo se detuvo otra vez.
El mismo reloj.
La misma hora.
El mismo viaje sin fin.
Desde algún lugar, una voz distante —quizás la del propio Saad— murmuró con tono hueco:
—Bienvenida a bordo… y no mires atrás.
FIN
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