No sé quién encontrará esto… si es que alguien llega a hacerlo.
Pero si estás leyendo estas líneas, te ruego… no sigas.
Este lugar no perdona la curiosidad.
Me llamo Samuel Landa, y fui el último en quedarme cuando todos se marcharon del pueblo.
Dijeron que el aire estaba contaminado, que el agua era peligrosa.
Mentiras. Lo que había aquí no era químico… era antiguo.
Al principio, las noches eran silenciosas.
Solo el viento soplando entre las casas vacías, haciendo chocar las puertas mal cerradas.
Pero luego… comencé a oír pasos.
No afuera, no en la calle.
Dentro de la casa.
A veces escuchaba cómo alguien respiraba detrás de la puerta de mi habitación.
Golpes suaves, casi curiosos, como si rascaran la madera con las uñas.
Una noche, ya harto del miedo, grité:
—¿Quién está ahí?
El silencio me respondió.
Pero en la mañana, cuando desperté, encontré una huella húmeda junto a la cama.
Una huella que no era mía.
Intenté convencerme de que era mi mente jugándome una broma.
Que estaba solo demasiado tiempo.
Que el eco, el viento o los sueños podían confundirme.
Pero luego vi algo que no pude explicar:
las páginas del diario habían cambiado.
Anoche había escrito: “No pasó nada nuevo”.
Sin embargo, cuando abrí el cuaderno esa mañana, esa misma página decía otra cosa.
Decía:
“Deja de escribir, Samuel. Ya estás muerto.”
Rasgué la hoja. La quemé.
Vi cómo el fuego la consumía hasta volverla ceniza.
Pero al día siguiente, el papel volvió a estar allí, limpio, intacto… con las mismas palabras.
Y al final, una línea nueva, escrita con una tinta más oscura:
“Mañana vendrá por ti.”
No sé quién escribe cuando duermo.
Ni qué es lo que está tratando de avisarme.
Solo sé que cada vez que abro este diario, hay más letras…
Y mi propia caligrafía parece cambiar.
Como si otra mano la estuviera imitando.
Esta mañana desperté con la sensación de haber soñado algo horrible.
El aire en mi habitación estaba espeso, húmedo, y la ventana, que siempre dejo cerrada, estaba abierta de par en par.
El viento traía un olor metálico, como a óxido o sangre.
Sobre la mesa, el diario estaba abierto en una página que yo no recordaba haber escrito.
“Samuel, no intentes salir. Afuera está peor.”
No sé por qué, pero obedecí.
Me quedé todo el día encerrado, escuchando cómo la casa crujía.
A veces creí oír voces en las paredes.
Susurros lejanos, como si alguien hablara dentro de los muros.
Palabras que no comprendía, aunque una me pareció clara:
“Regresa.”
Regresa… ¿a dónde?
No hay nadie más en el pueblo.
Las calles están vacías, los perros murieron o desaparecieron.
El silencio es tan absoluto que puedo oír mi propio corazón.
Y a veces… uno más.
Un segundo latido, acompasado con el mío, viniendo de debajo del suelo.
Anoche algo cambió.
Mientras escribía, escuché el sonido de una silla arrastrándose en la habitación de al lado.
No debería haber nadie ahí.
Tomé la linterna y caminé despacio, cada paso sonaba demasiado fuerte en la madera vieja.
La puerta estaba entreabierta.
La empujé…
y la linterna parpadeó justo cuando vi una sombra sentada frente al espejo.
No era mi reflejo.
No podía ser.
Era una figura sin rostro, pero con mi ropa.
Se movía apenas, como si respirara.
Y cuando acerqué la luz, desapareció.
Corrí a mi cuarto, cerré la puerta y busqué el diario.
La nueva página ya estaba escrita:
“Samuel, deja de mirar al espejo. No eres tú.”
He comenzado a notar algo más:
las letras del diario cambian cuando no las veo.
Anoche intenté grabar un video, dejar prueba.
Coloqué la cámara frente al cuaderno abierto y la dejé grabando.
Esta mañana revisé la cinta:
Durante toda la noche no se ve nada… solo las páginas moviéndose solas.
Y al final, justo antes de que la batería se agote, una mano pálida entra en cuadro y escribe una frase.
Una frase que no aparece en el diario ahora.
No sé qué decía.
El archivo está dañado.
Pero escuché claramente un susurro, una voz femenina, muy cerca del micrófono, que decía:
“Ya casi es de día.”
El diario ahora tiene más páginas de las que recuerdo.
Juraría que eran cincuenta, pero ahora son casi cien.
Y no todas parecen mías.
Algunas están escritas con tinta seca, otras con algo que parece… más oscuro.
Y lo peor: algunas tienen fechas futuras.
Una de ellas dice 13 de octubre.
Mañana.
Y está completamente llena.
No la he leído aún.
Pero puedo ver, desde el borde del papel, una frase que se repite varias veces:
“Él viene. Él viene. Él viene.”
A veces escucho risas.
Suaves, infantiles, pero distorsionadas.
Como si alguien intentara imitar la voz de un niño y no lo lograra del todo.
He buscado la fuente, pero el sonido siempre parece venir de dentro del diario.
Lo acerqué al oído, y lo juro…
sentí cómo algo respiraba al otro lado del papel.
Esta tarde, cuando salí al patio, noté algo grabado en la pared:
las mismas palabras del diario.
“Deja de escribir, Samuel.”
Y al lado, una huella de mano, marcada en la cal.
No era una mano humana.
Tenía demasiados dedos.
He perdido la noción del tiempo.
No sé si es de día o de noche, si han pasado horas o semanas.
La luz del sol apenas entra por las ventanas, y el aire tiene un olor agrio, podrido.
A veces creo ver figuras moverse entre las sombras del pasillo.
Siluetas que desaparecen si parpadeo.
Pero lo peor… es que una de ellas lleva mi rostro.
Anoche soñé que abría el diario, y las palabras se movían como insectos.
Se retorcían, se arrastraban, y luego formaban una frase:
“Nos encontraremos en la página final.”
Desperté con la boca llena de tierra.
Como si hubiera estado… hablando con alguien bajo el suelo.
Hoy abrí el diario por última vez.
Las páginas ya no son blancas.
Están cubiertas por una sustancia viscosa, como si sudaran.
Y en cada una, mi nombre se repite cientos de veces.
Al final, hay una página completamente en blanco.
La toqué… y la tinta comenzó a brotar sola, escribiendo lentamente:
“No cierres el diario, todavía no ha terminado.”
La tinta goteó hasta mi mano.
Y ahora, cada vez que intento escribir, mi caligrafía se mezcla con la de eso.
Ya no sé cuál es la mía.
Ni si de verdad sigo siendo Samuel.
Escucho pasos otra vez.
Más cerca.
Están en el pasillo.
El diario tiembla sobre la mesa.
Voy a dejarlo abierto, por si alguien lo encuentra.
Si llegas a leer esto…
no sigas pasando las páginas.
Porque cuando lo hagas,
cuando llegues al final…
serás tú quien escriba la próxima línea.
No cierres el diario, todavía no ha terminado…
No recuerdo haber escrito eso.
Lo juro por todo lo que aún me queda de alma.
Pero está aquí, en mi letra, con mi tinta, en mi diario.
Esta mañana amanecí con las manos manchadas de negro.
Tinta seca… o eso pensé.
Hasta que noté el olor.
No era tinta.
Era sangre.
No entiendo qué me está pasando.
He cerrado todas las ventanas, atranqué las puertas, y aun así, el diario aparece sobre la mesa, abierto en la misma página, esperándome.
A veces, cuando lo miro de reojo, juraría que sus hojas se mueven solas, como si respiraran.
Hoy, al caer la tarde, escuché el sonido más horrible que haya oído en mi vida:
una respiración idéntica a la mía, detrás de mi oído.
Giré tan rápido que la silla cayó al suelo.
No había nadie.
Solo el diario… abierto en una nueva página, una que no existía antes.
Y en ella, una sola frase:
“No mires atrás, Samuel.”
El aire se congeló.
No quise hacerlo.
Sabía que algo estaba ahí.
Pero mi cuerpo no me obedeció.
Giré lentamente…
y en el reflejo del vidrio vi una sombra detrás de mí.
No una silueta humana.
Era más alta, más delgada…
y me observaba con una cabeza inclinada, como si tratara de entenderme.
Cerré los ojos.
Cuando los abrí, estaba solo otra vez.
Pero el diario ya no estaba sobre la mesa.
Lo encontré más tarde… dentro del armario.
Abierto en una página que no recordaba haber escrito nunca.
Allí decía:
“Faltan tres noches. Cuando termine de leer esto, él despertará.”
Intenté quemarlo.
Lo juro.
Pero el fuego no lo toca.
Las llamas lo rodean, lo acarician, pero las hojas quedan intactas.
Solo escucho ese sonido... como un susurro que viene de adentro del papel.
Como si alguien hablara bajo las letras.
Voy a dejar esta entrada aquí.
Si mañana aparece una nueva página escrita, significará que ya empezó a escribir él.
En el margen inferior, una nota más pequeña, escrita con trazo torcido:
“Samuel duerme. Yo escribo por él.”
No pude dormir.
Cada crujido de la casa me clavaba un dardo en el pecho.
El reloj de péndulo marcaba los minutos como pequeñas detonaciones y yo contaba hacia atrás, como si restar tiempo pudiera alejar lo inevitable.
A las dos de la madrugada dijo mi nombre, pero no como yo lo digo: lo susurró largo, con esas consonantes que no pertenecen a la lengua humana.
Me levanté, sin pensar, y fui al salón.
Allí estaba el diario, de nuevo, abierto en la misma página.
Esta vez, una frase larga ocupaba toda la hoja, pero las palabras no estaban ordenadas: se arrastraban, se doblaban unas sobre otras, formando una frase que parecía moverse si la veías más de un segundo.
Leí de todos modos.
“Anoche soñé con un hombre que se miraba en el espejo y no se reconocía. Le quité la cara y la guardé en el bolsillo. Cuando despertó, buscó por toda la casa. Yo le di su nombre por un rato. Después me cansé y se lo devolví rotulado con otro lenguaje.”
El papel exhaló un aire frío que me levantó los vellos del brazo.
Había algo cercano, detrás de la estantería, donde la luz de la luna no llegaba.
Me acerqué y toqué el lomo de los libros; mi mano tropezó con una protuberancia blanda dentro de la madera.
Era el diario, otra vez, pero esta vez estaba húmedo; unas costras oscuras pegaban las páginas como si hubieran sangrado.
En el interior, entre las hojas, una fotografía: era mía, dormido en el sillón, con la boca abierta y los ojos cerrados.
Alguien había tomado la foto anoche.
Mi mano temblaba tanto que dejé caer la foto.
Cuando la recogí, había algo escrito al reverso con una caligrafía que no era la mía: “No despiertes del todo. Él necesita tiempo.”
Sentí un vacío en el estómago, un hueco donde antes estaba la confianza en mi propia memoria.
Comencé a buscar signos, raíces del engaño: cámaras, micrófonos, vecinos bromistas.
Nada.
Solo la casa y su eco, ahora más denso, como si las paredes respiraran bajo una piel nueva.
El tercer día amaneció con lluvia fina.
Había marcas en el jardín, huellas alargadas que no reconocí.
No eran de perro ni de humano; parecían pisadas hechas por dedos largos, arrastrados, dejando una línea viscosa en la tierra.
Las seguí hasta la puerta trasera y se desvanecieron en el aire, como si la tierra hubiera tragado las huellas.
Volví a la mesa y el diario estaba abierto por la mitad.
En la página, un calendario dibujado con tiritas negras marcaba una cuenta regresiva: 3, 2, 1.
Debajo, unas palabras: “Cuando las agujas se detengan, vendrá por el último nombre.”
Mi nombre estaba tachado.
En su lugar, otra palabra había aparecido, escrita con letras que se estiraban hacia abajo, como raíces: “Nadie”.
La risa fue la primera señal de que las reglas cambiaban.
No era una risa humana; era hueca, como si alguien tocara una caja de resonancia.
Se abrió la puerta de la cocina sola y una corriente fría me golpeó la cara.
Oí pasos pesados en el techo, pasos que no hacía nadie.
La lámpara de la sala parpadeó y luego se apagó por completo.
En la oscuridad, la respiración volvió, pero más fuerte, más cerca.
Era una copia imperfecta de la mía; cuando intenté igualarla, sonó desentonada, como una radio mal sintonizada.
“¿Por qué me haces esto?” pregunté, con la voz rota.
El silencio respondió de forma distinta: no la ausencia de sonido, sino un tejido de sonidos que decían “porque puedo”.
Y en la página del diario, letras nuevas se alzaron como pequeñas brasas:
“Porque había una promesa.
Porque alguien no cumplió.
Porque Samuel no debe recordar.”
Entonces lo entendí a medias: había alguien más dentro de mí, o quizá fuera de mí, que regresaba a través de las palabras.
Cada frase que aparecía no era una advertencia: era la construcción de su cuerpo.
Cada página que se escribía, cada línea nocturna, le daba materia.
El diario no contaba la historia: la estaba tejiendo.
Esa noche apagué todos los aparatos electrónicos, rompí el espejo del baño y clavé una cruz en la puerta principal con un clavo viejo.
Me senté en el suelo con el diario entre las piernas, lo miré como a un objeto peligroso y esperé.
Las agujas del reloj se movieron, implacables.
A la medianoche, el papel vibró.
No fue solo tinta esta vez: la página parecía sudar, como si dentro del papel hubiera un músculo latiendo.
Una letra emergió, temblorosa, y completó la frase comenzada días atrás:
“Samuel duerme. Yo escribo por él. Faltan dos noches.”
Una brisa gélida atravesó la habitación y la forma detrás de mí respiró con un ritmo más vivo.
Mi nombre apareció en la página, otra vez, pero esta vez no estaba tachado.
Se escribió con trazos largos, seguros, como si alguien que aún no ha aprendido a usar las manos humanas intentara practicar.
Debajo, una nota que me heló la sangre:
“Gracias por prestarme la pluma.”
No pude más.
Lancé el diario contra la pared.
Chocó y rebotó, y en el impacto escuché algo como un gemido ahogado.
El objeto se deslizó hasta mis pies. La tapa temblaba y, cuando la abrí con el pie, la última página mostraba una lista de nombres.
Al final, el que estaba escrito con mayor claridad era el mío.
Pero había más, nombres que no reconocía —nombres antiguos, nombres que sonaban como países muertos.
Mi corazón latía con una furia animal.
Pensé en salir corriendo, en dejar la casa, pero ¿adónde iría un hombre que no recuerda su propio nombre con seguridad?
¿A quién le pediría ayuda?
No a la policía; ellos suponen orden y lógica. No a mis amigos; se reirían y dirían que era estrés, drogas, una broma pesada.
Decidí quedarme.
Si esto era una locura, prefería afrontar la locura entre mis paredes, con la única prueba de que aún podía leer y escribir mi propia desesperación.
Cerré los ojos.
En la penumbra, la cabeza inclinada se acercó hasta rozar la nuca.
Su aliento olía a tinta y a metal.
Sentí un dedo frío en mi cuello, escribiendo sin tinta en la superficie de mi piel.
Era una caligrafía invisible que pude oír: trazos, puntos, un sonido de papel deslizándose.
La voz—no la oí con los oídos, sino con la memoria del cuerpo—dice:
“Tres noches. Tres nombres. Uno de ellos será tuyo para siempre.”
No debería seguir escribiendo, lo sé.
Pero cada vez que intento detenerme, la pluma se mueve sola.
No importa si cierro el cuaderno, si lo guardo bajo llave, o si intento quemarlo.
Las palabras regresan.
Aparecen en las paredes, en el vapor del espejo, en mis sueños.
Anoche escuché cómo el lápiz se arrastraba de nuevo.
No estaba sobre la mesa.
Lo había dejado dentro de un cajón, envuelto en una bolsa plástica, con cinta y todo.
Aun así, lo oía.
El sonido era distinto esta vez, más lento… como si alguien escribiera desde muy lejos, a través de algo pesado.
Un muro.
O una tumba.
Cuando logré reunir el valor para abrir el cajón, no encontré el lápiz.
Solo el diario, abierto.
La página mostraba una frase que no entendí de inmediato:
“Samuel ya casi recuerda.”
No sé qué se supone que debo recordar.
He leído y releído las páginas anteriores, intentando encontrar un patrón, una pista.
Pero cada vez que lo hago, algo cambia.
Palabras que no estaban antes aparecen entre líneas, y frases que juraría haber escrito se desvanecen.
El texto respira.
Se mueve.
Hoy, por ejemplo, donde antes decía “Yo escribo por él”, ahora dice “Él me guía la mano”.
Y la caligrafía… no es la mía.
Parece más firme, más antigua.
Como si el autor conociera cada trazo antes de hacerlo.
A veces pienso que tal vez no soy el único que escribe aquí.
Que alguien más, o algo más, comparte esta historia conmigo.
O peor aún… que soy yo mismo, dentro de muchos años, tratando de advertirme.
Esta tarde, el reloj se detuvo a las 6:06.
Exactamente a esa hora, escuché pasos en el pasillo.
Medidos.
Lentos.
Como si alguien deslizara los pies sobre el piso de madera.
Fui hasta la puerta con el corazón latiendo en el cuello.
No vi a nadie.
Pero había un olor extraño, a polvo húmedo y papel viejo.
El mismo olor del diario.
De repente, todas las luces parpadearon.
Solo por un instante.
Cuando volvieron, sobre la pared del pasillo apareció una sombra.
Alta.
De hombros encorvados.
Tenía el brazo extendido, como si escribiera con un objeto invisible sobre el aire.
Retrocedí de inmediato.
La sombra giró la cabeza.
Y aunque no tenía rostro, supe que me miraba.
No sé cuánto dormí.
Desperté en el suelo, junto al escritorio.
El diario estaba abierto otra vez.
Una página nueva.
Fechada mañana, otra vez.
Y esta vez había algo distinto: no eran letras.
Era un dibujo.
Una habitación idéntica a la mía.
Cada detalle: la lámpara, la ventana, incluso el reloj detenido.
Y en el centro, una figura de espaldas, encorvada sobre un escritorio, escribiendo.
Yo.
Debajo, en una letra temblorosa, se leía:
“Mírate bien, Samuel. Ya no estás solo.”
Las palabras parecían recién escritas, la tinta aún húmeda.
Pero lo que me heló la sangre fue ver, justo debajo del dibujo, una pequeña mancha de algo oscuro.
No era tinta.
Era sangre.
Mi sangre.
Tenía un corte en el dedo, y no recordaba haberlo hecho.
Intenté arrancar la página, pero el papel se resistía, como si estuviera pegado al resto del cuaderno.
Tiré con fuerza, y escuché un gemido.
No del diario.
Del fondo de la habitación.
Me giré.
Nada.
Solo la ventana abierta, moviéndose con el viento.
Y el reflejo en el vidrio: una sombra de pie, detrás de mí.
Ya no sé cuánto tiempo ha pasado.
Las horas se confunden, las noches se encadenan una tras otra.
A veces escucho mi nombre, susurrado desde adentro del cuaderno.
Samuel.
Samuel.
Samuel.
Intenté dejar de escribir.
Sellé el diario con cinta, lo metí en una caja y lo guardé bajo el suelo.
Pero entonces comencé a escribir en otros lugares, sin querer.
En servilletas, en las paredes, incluso en mi propia piel mientras dormía.
Cuando desperté, tenía en el brazo las palabras:
“Falta una página.”
No sé cuál.
Tal vez esta.
Tal vez la última.
Esta noche el aire se siente más pesado.
Cada sombra parece más larga, como si el cuarto se estirara lentamente.
La lámpara parpadea, y cada vez que la luz titila, la habitación cambia de lugar.
A veces el escritorio no está.
A veces soy yo quien no está.
He comenzado a oír un segundo sonido junto al del lápiz: una respiración.
Justo detrás de mi oído.
Cuando me detengo, también se detiene.
Pero si cierro los ojos, puedo sentir el aire frío golpeando mi nuca.
Hay una voz ahora.
Más clara que nunca.
Habla desde dentro del diario:
—Solo una página más, Samuel.
—Solo una más y serás libre.
No sé si está mintiendo.
Pero la mano no me obedece.
Sigue escribiendo.
Y cada palabra me aleja un poco más de lo que era.
Hace un momento escuché un golpe en la puerta.
No debería haber nadie aquí.
Vivo solo.
Aun así, la puerta se abrió lentamente.
Y una figura cruzó el umbral.
Vestía igual que yo.
Tenía mi rostro.
Pero sus ojos… eran dos huecos oscuros.
No habló.
Solo extendió su mano y señaló el diario.
Entonces lo entendí.
Él es el que escribe cuando yo duermo.
O quizás… soy yo quien escribe cuando él duerme.
Nos miramos durante lo que pareció una eternidad.
Después se acercó y colocó su mano sobre la mía.
Sentí cómo mis dedos se endurecían, volviéndose pesados, inmóviles.
Él movía la pluma ahora.
Y yo solo podía mirar.
Escribió una sola línea, lenta, precisa:
“La próxima página la escribiremos juntos.”
Y luego, desapareció.
No caminó hacia ningún lugar.
Simplemente se disolvió en el aire, dejando un eco como de hojas al pasar.
No sé qué pasará cuando el diario se complete.
Cada página parece acercarme a algo, a un punto final que no entiendo.
A veces creo escuchar gritos desde adentro, como si las palabras mismas fueran jaulas.
Otras veces, veo sombras que se mueven dentro de las letras, como insectos atrapados en tinta.
No tengo miedo.
No exactamente.
Lo que siento es peor: resignación.
Como si una parte de mí supiera que esto ya ocurrió, y que solo estoy repitiendo el mismo destino.
Afuera, el amanecer comienza a asomar.
Pero la luz no entra por la ventana.
Solo una sombra espesa que cubre todo el escritorio.
La página siguiente está en blanco.
Esperando.
No quiero escribirla.
No quiero.
Pero escucho la voz de nuevo, ahora dentro de mi cabeza, tan cerca que casi puedo sentir su aliento:
—No luches, Samuel.
—Ya somos uno.
Mis manos tiemblan.
La pluma toca el papel.
La tinta se extiende sola, formando las primeras letras.
No reconozco el idioma, pero entiendo su significado.
No es un mensaje.
Es una invocación.
La sombra frente al espejo se mueve.
Sonríe.
Y en ese momento lo comprendo: no he estado escribiendo un diario.
He estado abriendo una puerta.
Y del otro lado… alguien me esperaba.
No sé cómo describir lo que ocurrió después.
Abrí el diario… y las palabras se movían ante mis ojos.
Se retorcían, se deshacían, reaparecían como si alguien respirara dentro del papel, como si el mismo cuaderno tuviera pulmones, vida… y hambre.
Mi propia caligrafía comenzó a distorsionarse, a mezclarse con otra que no era mía. Era una escritura irregular, temblorosa, como la de alguien que había estado escribiendo en la oscuridad durante demasiado tiempo.
Intenté gritar, pero mi voz se quebró en el aire.
Nada. Ni un sonido.
Era como si el aire hubiera sido arrancado de mis pulmones, y solo quedara la tinta negra flotando frente a mí, formando palabras que parecían observarme.
Entonces, escuché algo.
Un murmullo.
No venía de afuera, sino desde adentro del diario.
Una voz húmeda, cercana, reptando entre las páginas:
“Samuel… despierta.”
Me quedé inmóvil. El tono era tan familiar… y al mismo tiempo, imposible.
“Nosotros somos uno ahora. Cada palabra que escribas será nuestra. Cada pensamiento tuyo nos pertenece.”
El cuarto pareció encogerse. Las sombras se estiraban, deformando los bordes de los muebles. Una presión fría cayó sobre mis hombros, invisible pero real, empujándome hacia el escritorio.
Mis manos comenzaron a moverse solas.
Los dedos se curvaron sobre la pluma, temblando, y escribieron frases que no recordaba haber pensado:
“No quiero esto. No soy yo. Por favor, déjame ir.”
Las letras recién escritas se disolvieron lentamente, como si el papel las absorbiera, bebiéndolas.
Y en su lugar, apareció otra frase, escrita con una tinta más oscura que la mía:
“Nunca quisiste, pero ya es demasiado tarde.”
El murmullo se transformó en un suspiro helado.
Lo sentí rozar mi oído derecho, con una voz que sonaba exactamente igual a la mía.
—Mira hacia abajo, Samuel.
No quería hacerlo.
Cada célula de mi cuerpo me pedía no obedecer.
Pero mis ojos, traicioneros, descendieron.
Las páginas del diario comenzaron a abrirse solas, una tras otra, con un sonido áspero, como si las hojas fueran piel reseca.
Y allí, en cada página, vi reflejos de mí mismo… pero deformados.
Ojos vacíos, piel gris, sonrisas partidas.
Cada uno de esos “yo” me devolvía la mirada desde la superficie del papel, como si el diario fuera un espejo podrido.
Y todos escribían.
Escribían con mis manos.
Escribían las mismas palabras que yo intentaba no pensar.
—No corras, dijo la voz.
—Aún queda tanto por escribir.
Intenté levantarme, pero mi cuerpo se negó.
Mis piernas temblaban, clavadas al suelo.
Mi respiración se volvió irregular, cortada, como si algo invisible me apretara el pecho.
Quise cerrar el diario, pero mis dedos se aferraron a él con fuerza, clavando las uñas en el cuero de la tapa.
No podía soltarlo.
Entonces comprendí algo terrible: el diario no quería que lo cerrara.
No podía cerrarse, no mientras hubiera más historia que contar.
Y ahora, esa historia era la mía.
Las paredes comenzaron a vibrar. Las sombras se movían, pero no con la luz.
Parecían tener su propia voluntad, deslizándose hacia mí, extendiendo brazos negros, líquidos, que buscaban tocarme.
Un olor húmedo, a tierra podrida y tinta vieja, llenó el aire.
Una palabra comenzó a repetirse en mi mente, escrita sin voz:
“Continuar.”
El diario temblaba bajo mis manos.
Cada línea que aparecía parecía escrita con sangre seca.
Las frases no eran solo texto. Eran mandatos.
Mandatos que mi cuerpo obedecía.
Y entonces, algo cambió.
Sentí una punzada en la muñeca.
Una línea roja se formó, y de ella brotó una gota que cayó justo sobre el papel.
El diario la absorbió al instante, y una nueva oración se dibujó sola:
“Tu sangre escribe mejor.”
Quise llorar, pero ya no recordaba cómo.
El miedo había devorado toda emoción.
Solo quedaba el sonido del papel moviéndose y de mi respiración, cada vez más débil.
Cada palabra escrita era como una aguja entrando en mi mente.
Veía imágenes: rostros desconocidos, habitaciones oscuras, otras manos escribiendo en otros tiempos.
Comprendí que no era el primero.
El diario había pasado por muchos antes que yo.
Y en cada vida, había dejado su firma.
Sus víctimas no morían.
Eran absorbidas.
Convertidas en palabras.
En fragmentos de una historia interminable.
Una idea se deslizó en mi cabeza, fría y cortante:
¿Y si todo lo que soy… ya está escrito?
Me aferré a esa pregunta como a un clavo ardiendo.
Intenté resistir.
Intenté escribir algo mío, algo que me perteneciera todavía.
Con el último aliento de fuerza, escribí en la parte inferior de la página:
“No soy tuyo.”
Por un momento, el diario se detuvo.
Las letras titilaron, como si dudaran.
Creí haber ganado.
Pero entonces, el papel se agrietó, y de las grietas brotó una voz múltiple, como cientos de ecos hablándome al oído al mismo tiempo:
“Siempre lo fuiste.”
El suelo bajo mis pies crujió.
El aire se volvió pesado, casi sólido.
Los reflejos en las páginas comenzaron a moverse, saliendo poco a poco de dentro del diario.
Sus rostros se mezclaban, deformándose hasta formar uno solo: el mío.
Una versión de mí mismo que sonreía con una calma espantosa.
—Termina lo que empezaste, dijo.
—La próxima página la escribiremos juntos.
No sé cuánto tiempo pasó después.
Minutos, horas, días.
Solo recuerdo la sensación de estar cayendo dentro del papel, hundiéndome en un abismo blanco que se manchaba lentamente con letras negras.
Mis pensamientos dejaron de ser míos.
Mis recuerdos se mezclaron con los de otros.
Vi sus nombres escritos en las esquinas de las páginas: “Clara, 1872. Luis, 1934. M. Ortega, 1989.”
Todos ellos suplicando lo mismo: “No lo leas.”
Ahora entiendo.
El diario no busca lectores.
Busca autores.
Busca manos que escriban por él, almas que llenen su vacío con sus propias vidas.
Y una vez que empiezas a escribir… no puedes detenerte.
Antes de que mi vista se nublara por completo, logré soltar la pluma.
Mis dedos estaban manchados de tinta y sangre.
El diario se cerró solo, con un golpe seco, como si respirara satisfecho.
Y entonces lo escuché, susurrando desde dentro:
“Gracias por tu historia, Samuel.”
Ahora todo está quieto.
El escritorio, el cuarto, el aire.
Pero el silencio tiene un pulso.
Un pulso que viene del diario, que late cada pocos segundos, como un corazón que no debería existir.
No sé cuánto me queda.
Cada vez que parpadeo, veo una nueva frase escrita en la tapa del cuaderno, como si se escribiera sola:
“Falta una página.”
Intento ignorarla, pero la necesidad de abrirlo vuelve, como un zumbido dentro del cráneo.
Siento que, si resisto un poco más, tal vez logre salir.
Pero sé que no es verdad.
Él no deja ir a nadie.
Por eso, antes de que mi conciencia desaparezca del todo, escribo esto, con lo poco que aún me pertenece:
“Si alguien lo encuentra… no lo lea.
Él espera.
Él observa.
Él escribe.”
“Y ahora… vamos por ti.”
No recuerdo cómo llegué hasta aquí.
No recuerdo si alguna vez me levanté de la silla.
Solo sé que el diario estaba abierto frente a mí, y las páginas… me miraban.
Las palabras ya no eran palabras.
Eran sombras.
Sombras que se alargaban sobre la mesa, sobre el suelo, sobre mis brazos.
Parecían deslizarse, vivas, respirando un aire que no era el mío.
Sentí que mi cuerpo se hacía más ligero, y a la vez… más pesado.
Como si mi alma se estirara hacia algo que estaba detrás del vidrio de la realidad, queriendo escapar, queriendo salir… o tal vez, queriendo entrar.
El reloj del pasillo se había detenido hacía mucho, pero aún podía oír el tic-tac… dentro de mi cabeza. Cada segundo era una gota de tinta cayendo sobre mi conciencia.
Entonces escuché la risa.
No era mía.
Era profunda, hueca, como si viniera de los cimientos de la casa.
El sonido se extendió por las paredes, y por un momento creí que la madera respiraba conmigo.
Me incliné hacia el diario, temblando. Las letras parecían moverse, acomodarse, formar frases nuevas, justo frente a mis ojos.
Y entonces, la vi: una oración escrita con una tinta más oscura, como si hubiese sido tallada con desesperación:
“Ven… escribe con nosotros.”
Mis dedos comenzaron a moverse por sí solos.
Al principio, lentamente.
Luego, con una fuerza que no era mía.
Cada letra que trazaba era un eco de mis propios gritos, convertidos en palabras.
Cada palabra escrita me arrastraba hacia la tinta.
Sentí cómo mi cabeza se hundía dentro de la página, cómo mi respiración se hacía más pesada, más espesa.
Y, de repente… ya no estaba en la habitación.
El aire cambió.
No había techo. No había paredes.
Solo un horizonte hecho de papel y tinta que respiraba como un animal dormido.
Miles de voces murmuraban entre las líneas. Algunas pedían ayuda.
Otras… reían.
Frente a mí, un espejo sin reflejo.
Solo podía ver sombras moviéndose detrás del vidrio, como si esperaran mi turno.
Sentí un frío recorrerme la espalda cuando comprendí que esas sombras… estaban leyendo.
Leyéndome.
Intenté gritar, pero mi voz se disolvió como polvo.
Intenté cerrar el diario, pero no tenía manos, ni cuerpo.
Solo era una mirada suspendida en medio de un vacío que olía a humedad, a tinta, y a miedo.
El diario cayó al suelo, abierto.
Pero la última frase que quedó escrita brillaba tenuemente, como un corazón latiendo:
“Ahora somos todos.”
El aire se movía solo, girando hojas que no existían.
Las paredes susurraban nombres.
El suelo respiraba.
El cuaderno estaba abierto, esperando al siguiente.
El siguiente que leería…
y que sentiría, sin darse cuenta, que ya no está solo.
Porque nadie lee este diario impunemente.
Nadie lo abre sin dejar algo de sí dentro.
Y nadie lo cierra… sin llevarse algo consigo.
Los días —o tal vez las noches— comenzaron a confundirse.
No había ventanas, pero podía escuchar el viento.
Un viento que no soplaba desde fuera, sino desde adentro de las páginas.
Cada vez que intentaba mirar hacia arriba, veía letras flotando.
Se pegaban a mi piel, se deslizaban hacia mis ojos, entraban en mi mente.
Algunas eran nombres.
Otros eran recuerdos que no eran míos.
Vi una mujer escribiendo a la luz de una vela.
Vi a un niño que lloraba sobre las páginas antes de desaparecer.
Vi una casa igual a la mía, pero podrida, inclinada, cubierta de polvo.
Y dentro de ella, una figura sentada frente al diario… escribiendo mi historia.
La comprendí demasiado tarde.
El diario no cuenta historias.
Las consume.
Cada lector es una ofrenda.
Cada palabra, una cadena.
Cada página, una puerta.
Y cada vez que alguien lee una línea, una parte del que escribió despierta.
Intenté romper las hojas, pero estaban frías como el metal.
Intenté quemarlas, pero el fuego se apagó antes de tocar la tinta.
Intenté huir… pero la casa no tenía puertas.
Solo habitaciones que se repetían, una dentro de otra, como un laberinto de papel.
En cada habitación había una silla, una mesa, y un diario abierto.
Todos eran el mismo.
Todos esperaban que alguien los terminara.
Entonces lo entendí: yo no era el primero.
Y, sobre todo… no sería el último.
Había una presencia observándome, moviéndose entre las páginas como una serpiente invisible.
La escuchaba susurrar detrás de mis pensamientos.
A veces se reía.
A veces repetía mi nombre, lentamente, como si saboreara cada sílaba.
—No temas —me dijo una noche, desde dentro del diario—.
Solo estamos escribiendo juntos.
La tinta empezó a subir por mis brazos.
Podía sentir cómo me recorría las venas, ardiendo.
Mis uñas se volvieron negras.
Mi respiración se volvió líquida.
Y mi corazón… empezó a escribir su propio ritmo.
Intenté resistirme.
Pero cada palabra que pensaba aparecía escrita en el papel, antes de que pudiera pronunciarla.
El diario ya no era un objeto.
Era un espejo de mi mente.
Cuando finalmente dejé de luchar, lo vi:
Mi reflejo, sentado frente a mí, con una sonrisa torcida.
Sus ojos eran huecos, pero dentro brillaba una llama negra.
—Ahora sí —dijo—, podemos continuar.
Y siguió escribiendo.
Nadie sabe cuántas almas guarda este diario.
Nadie recuerda cuántos lo han leído.
Pero siempre hay uno más.
Uno que siente curiosidad.
Uno que piensa que solo es una historia.
Y cuando sus dedos tocan la cubierta, la tinta se despierta.
Las letras vibran.
El aire se enfría.
Y la voz —esa voz que una vez me llamó— susurra, paciente:
“Y ahora… vamos por ti.”
El diario sigue allí, abierto, sobre la mesa polvorienta.
La luz de la vela tiembla, y parece que las páginas respiran.
El viento mueve una hoja y deja ver la última línea escrita, que cambia lentamente mientras la miras.
Primero dice:
“Ahora somos todos.”
Luego, una mancha se extiende, formando otra palabra, recién nacida, húmeda, palpitante:
“Bienvenido.”
Y entonces, si escuchas con atención…
podrás oír cómo algo escribe tu nombre en la siguiente página.

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